Peru 21: www.peru21.com | 29.4.08
Entrevista por: José Gabriel Chueca, jchueca@peru21.com
Acaba de celebrarse el aniversario 135 de Apurímac. Para saber un poco más de esta región, conversamos con Hermógenes Rojas, profesor de Lengua y Literatura, director del colegio César Vallejo, de Abancay, y autor de varios libros, entre ellos Mi natal ciudad y Mi abanquinísimo carnaval.
"Estuve en el colegio Miguel Grau, de Abancay, colegio centenario muy querido. Después fui a estudiar a la escuela nacional La Salle, en Abancay también. Y, luego, a la Universidad de Apurímac. En cada centro donde he estudiado he sido después docente, una bonita experiencia", resume Hermógenes Rojas.
¿Qué idioma hablaban en casa?
Mi madre es quechua hablante; mi padre es bilingüe. Yo aprendí ambos idiomas a la vez porque tenía unos tíos que se esmeraban porque yo hablara bien el castellano, por temor al mote futuro.
Cuénteme de Abancay.
Abancay está ubicada en un valle, está rodeada de cerros. Quizá eso hace que la gente abanquina sea un poco cerrada. Puno, en cambio, está en una gran planicie. Uno ve el horizonte. En Abancay estábamos contentos mirando hacia adentro. Pero ahora la gente ya piensa más en salir. El clima es maravilloso. Nadie puede hablar mal del clima allá. La comida también es riquísima: está el tallarín con gallina, el cuy al horno, los chicharrones y la chicha abanquina.
¿Cómo se gana la vida?
Yo estudié Pedagogía y Comunicación Social. Soy profesor de secundaria, de Lengua y Literatura -tengo 25 años como docente-, y también incursioné en la radio. Finalmente, anclamos en la televisión. Actualmente escribo una página diaria llamada 'Ágora magna', para la TV, la radio y el periódico de Apurímac. Soy director del colegio César Vallejo. Y también dicto clases en las universidades de allá, donde tenemos tres.
Usted ha hecho publicaciones.
Tengo más de 20 obras publicadas, mayormente en verso. Algunas en prosa. He ganado algunos concursos departamentales, regionales y, luego, en el 97, gané un premio nacional. Además de la docencia me dedico a la poesía y la literatura. Lo he tomado como una forma de pagar la deuda que tengo con mi tierra. Veo Abancay como una madre que me dio la vida, a la cual debo irle pagando en partes, publicando libros. Mi lenguaje es sencillo y llega a la gente.
Abancay está en una de las regiones más pobres. ¿Cómo van las cosas?
Abancay sufre la pobreza, el atraso, el analfabetismo y la poca atención de los gobiernos. Penosamente, Abancay aparece cuando revienta un problema: una muerte, una asonada o un desencuentro con otra provincia. Hasta al primer ministro le han hecho decir barbaridades por mala información. A mí me duele eso, como abanquino. Cuánto quisiéramos que Abancay figurara por cosas buenas también. El año pasado, por ejemplo, me dieron las Palmas Magisteriales. Fue un gran honor.
Me decía que tiene 25 años como docente. Es mucho tiempo.
Sí. Hace poco, en una reunión aquí, en Lima, encontré a un ex alumno mío. Dijo que él sería un miserable si no se acercara donde mí para saludarme y darme las gracias por las buenas cosas que les había enseñado. Y mire usted que no les enseñé grandes cosas: hablar bien, escribir bien, leer bien. Nada más. Después de tantos años encontrar a un ex alumno convertido en un próspero profesional -gana más que yo- me hizo sentir muy contento.
¿Por qué nunca se fue de Abancay?
Debo ser de la escuela romántica porque la tierra me jala. La sangre me jala. Quizá me he empecinado en ser profeta en mi tierra. Después de haber trabajado tanto tiempo creo que ya tendría licencia para salir.
¿Cómo pasaron los años de violencia?
Abancay era un pueblo pequeño. A dos o tres kilómetros del centro decíamos que ya era el campo. Cuando comenzaron estos hecho terribles, la gente vino en masa. Abancay creció en forma desordenada, tumultuosa. Era peligroso para la salud incluso porque vivían en casitas hechas con piedra, paja y palo, tapadas con plásticos. Habían abandonado todas sus cosas y sus animales para vivir sin agua ni luz. Había apagones, persecuciones, detenciones, había mucho miedo. Hemos sentido el terror.
Y tampoco se fue.
No. Soy el hermano mayor. Mi padre había fallecido y quedé con la responsabilidad de proteger a mis hermanos, lo cual logré. Eso me deja tranquilo.
Me contaba del carnaval. En esas fechas deben de volver muchos.
El carnaval abanquino es fantástico, aunque falta venderlo mejor. En esa época, muchos regresan. Se sacan la ropa limeña y se ponen el poncho, la pollera y el sombrero.
Apr 29, 2008
11:05 AM